Llama la atención desde la calle, como suelen hacerlo la inmensa mayoría de pastelerías que saben jugar muy bien con productos muy vistosos, una buena presentación y una iluminación que suele jugar con tonos cálidos, muchas veces ocres o amarillos, en armonía con el género y realzando sus cualidades. Esta pastelería, en la calle Consell de Cent, 421 de Barcelona (muy cerca en su momento de la sede central de la redacción del diario El Periódico de Catalunya) invita a pararse y echar un vistazo. La parte de venta es la más accesible, mientras la de cafetería, amplia y agradable, queda en la parte de atrás. Su calidad es más que notable y a un precio absolutamente competitivo y que nada tiene a envidiar al de franquicias que se mueven en unas cifras muy parejas.
Nuestra sorpresa, por lo tanto, fue múltiple: buen sabor, buena presentación, y buen precio. Así, fácilmente y desde una perspectiva estrictamente de mercado y por tipo de producto, podrían a nivel de precio posicionarse algo por encima y casi seguro tampoco se vería resentida la demanda (aunque esa es solo una opinión y las decisiones empresariales van por otro lado). Primer punto, de este modo, resuelto: el desayuno a media mañana de ese sábado, fue más que satisfactorio y dimos con una cafetería y pastelería a tener muy en cuenta. De hecho, tiene números para pasar al grupo de locales más o menos de referencia. Otro aspecto reseñable lo encontramos sobreimpresionado sobre el cristal que separa la sala de la parte del obrador. Allí podía leerse: «Desde 1898». Hablamos, por lo tanto, de una historia y tradición dentro del mundo de la pastelería de más de 125 años.
Cinco generaciones, según explican en su web, se han implicado hasta la fecha en el devenir de este negocio, empezando por el abuelo, Sinforiano Garde -aunque, en realidad, va un paso más allá, con su futura suegra, bisabuela de la saga, y que regentaba una confitería, por entonces conocida como «La confitería de Alberta»-. Geográficamente, Sinforiano, nace en el pueblo navarro de Mérida aunque al poco tiempo, tras la muerte del padre, la familia se traslada a Zaragoza. Allí empieza a trabajar ya con ocho años; a los trece hace de albañil de lunes a viernes y los fines de semana trabaja en una confitería. Al volver del servicio militar conoce a Alberta Echevarría y entra en la confitería. Se casa con una de las hijas Estanislada, y se ponen al frente del establecimiento en el pueblo de Sádaba, en Aragón, que regentarán tras la jubilación de la dueña y cambiarán el nombre, que pasará a llamarse «Pastelería Garde». Tienen tres hijos, dos niños (Ángel y Jesús) y una niña (Pilar), que continuarán con la tradición; Jesús, al frente de la tienda.
Este Jesús se casará con Carmen Martínez, tendrán tres hijos (Fernando, Carlos y Jesús) y en los años setenta cuando el movimiento de los pueblos a las ciudades está en plena efervescencia y en un contexto de cambio demográfico trascendente, deciden trasladarse a Barcelona. Abren una pastelería (con el nombre histórico heredado) en la calle Roger de Flor. Jesús, estudiará a los 16 años, en el Gremi de Pastissers. Se casará con Júlia y el local se les queda pequeño en 2006, decidiendo trasladarse a su emplazamiento actual. Su hija, Silvia, con formación en la Escuela Hoffmann, se ha incorporado también al negocio, que de un tiempo a esta parte también incluye actividades de catering y áreas de cafetería y degustación. Un lugar y una historia, sin duda, a tener en cuenta. Y el poso ya de cinco generaciones.
