Dulcinea, una chocolatería convertida desde ya mucho en todo un clásico de Barcelona

En su historia explican que se fundó en 1941 y que desde entonces es lugar emblemático y tradicional para desayunos y meriendas, con los clásicos chocolates a la taza, suizos con melindros y surtido variado tanto de pastas com de tés y cafés. Detrás, sus impulsores originarios, Joan Mach y Elvira Farràs, que junto con todos los que les han sucedido después han hecho que en este tiempo este establecimiento, situado en el número 2 de la calle Petritxol de Barcelona, se haya ubicado en lugar preferente en la mente y en el imaginario de muchos vecinos de la ciudad (y nos atreveríamos a decir que de Catalunya), siendo la granja Dulcinea una de las grandes referencias en cuanto a chocolaterías concierne. Su localización, en el barrio Gótico y bastante cerca de las Ramblas, Plaza Catalunya o la Plaza del Pi, hace que dar una vuelta por el centro y tomarse un chocolate en sus mesas de madera, sólidas, en buen estado pero que denotan el poso del paso del tiempo, sea un plan muy apetecible para muchas familias, parejas o grupos de amigos, entre otros potenciales visitantes.

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Granja Viader, una histórica de Barcelona que ya va por su quinta generación

Se encuentra en un emplazamiento muy céntrico, próximo a la Plaza Catalunya y muy cerca también de las Ramblas, en una calle paralela (calle Xuclá, 6) y tiene una historia que se remonta a finales del siglo XIX cuando por entonces era una lechería: una más de las muchas que había en la ciudad y que tenían a los animales en la parte trasera o muy cercana al local. Su primera propietaria fue, según explican en su propia página web, Rafaela Coma, aunque no mucho más tarde el negocio pasaría -inicialmente en régimen de alquiler- a manos de un joven llegado de Cardedeu, autodidacta y con mucho empuje, Marc Viader, que hacia 1904 ya se había hecho cargo del negocio. Y que hizo prosperar siempre ligado a su pueblo natal, haciéndose traer desde allí la leche y los huevos y creando un obrador propio para ofrecer en la granja también otros derivados lácteos como el mató, mantequilla, flanes, arroz con leche, etc. La actividad prosperó a la vez que lo hacía la familia. Tuvo siete hijos: los tres primeros, Josep, Joan y Mercè se incorporaron al negocio como aprendices, como más tarde harían muchos de sus otros hermanos que abrirían más locales en la ciudad.

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